JOHNNY ZURI

Si quieres un post patrocinado en este blog, un publirreportaje, un banner o cualquier otra presencia publicitaria puedes escribirme con tu propuesta a johnnyzuri@hotmail.com HABLAMOS

¿Por qué los videojuegos retro valen más que el oro?

¿Por qué los videojuegos retro valen más que el oro? El coleccionismo de películas físicas conquista el futuro

Estamos en 2025, en una habitación sin Wi-Fi, rodeado de cartuchos, mandos con cables enredados y carátulas de plástico crujiente que huelen a tiempo detenido. El coleccionismo de videojuegos y películas físicas no solo sobrevive a la era digital, sino que crece con fuerza imprevisible. 📼🕹️

Origen: E-commerce, blockchain drive collectibles growth – IT-Online

El polvo ya no es enemigo del jugador, sino una medalla de honor. Porque ahí, entre consolas olvidadas y DVDs sin código QR, vive un mundo que se resiste a evaporarse en la nube. Lo físico se convierte en trinchera frente a lo efímero. El auge del coleccionismo retro no es una moda: es una forma de estar en el mundo. Y no exagero si digo que ya no se trata solo de jugar o mirar películas, sino de poseer un pedazo de historia. Literal.

La fiebre del cartucho sagrado

Todo empieza como empiezan los grandes amores: por casualidad. Una caja en el desván, un mercadillo, una visita fugaz a casa de los padres. El contacto con lo antiguo no solo remueve recuerdos, sino que activa una mecánica secreta del alma: el deseo de recuperar lo que el tiempo borró. Y cuando uno se da cuenta, ya ha gastado el sueldo del mes en una copia original de Chrono Trigger o en ese Blu-Ray de Blade Runner que solo salió en una edición limitada japonesa.

Lo asombroso es que no estamos hablando de caprichos personales. El mercado lo respalda con cifras que dan vértigo: en 2020 el mercado de coleccionables ya rozaba los 372.000 millones de dólares y, si nada lo detiene, se espera que roce los 522.000 millones para 2028. ¿Qué otra cosa crece con semejante apetito? Ni el precio del café.

Y luego está la pandemia, claro. Ese encierro global que nos hizo mirar hacia dentro… y hacia atrás. Con las tiendas cerradas y el mundo suspendido en el limbo del streaming, miles de personas buscaron consuelo en su infancia. Y allí, entre las cajas olvidadas, volvieron a encontrar los cartuchos, los mandos y las carátulas que les devolvían el control de algo, aunque fuera un mando de Super Nintendo.

“La nostalgia es el carburante más caro del mercado”, me dijo una vez un coleccionista de Zaragoza mientras me enseñaba su Metroid Prime sin abrir. Y tenía razón. Porque esos recuerdos se pagan a precio de oro.

El retro ya no es cosa de frikis

Quien piense que esto sigue siendo un pasatiempo de nerds encerrados en el sótano, va tarde. Muy tarde. El coleccionismo de videojuegos retro y películas físicas es ahora un fenómeno de masas. Se celebran ferias como Retro Con en Filadelfia o el Totally Rad Vintage Fest en Las Vegas, donde miles de personas se congregan para intercambiar, comprar o simplemente contemplar objetos que parecen salidos de una cápsula del tiempo.

En Europa, el fenómeno no se queda atrás. Reino Unido presume de eventos como la Super Retro Games Fair o la mítica Collectorabilia, donde hasta los más escépticos caen en la trampa del recuerdo. En estos templos del pasado, uno puede ver a padres enseñando a sus hijos a soplar cartuchos, a abuelas preguntando por “aquella película del vaquero que hablaba poco” y a adolescentes comprando Final Fantasy VII como quien adquiere un tesoro de otro mundo.

«No son cosas viejas. Son cápsulas de emoción pura», me dijo un vendedor británico mientras envolvía una edición en VHS de The Goonies. Y tenía razón. Porque estos objetos no envejecen: maduran, como los buenos vinos.

El precio de la nostalgia

Desde que empezó el encierro mundial, los precios de los videojuegos retro han subido un 42%. Algunos casos rozan lo absurdo: Paper Mario: The Thousand-Year Door duplicó su precio en apenas cuatro meses. Earthbound, ese RPG casi místico, se disparó de los 167,36 USD a los 286,13 USD como si de un activo bursátil se tratara. Consolas como la Nintendo 64 pasaron de olvidadas a veneradas, y su precio lo refleja: más del doble en un abrir y cerrar de eBay.

En un mundo donde todo es digital, intangible, momentáneo, la materia gana peso emocional y financiero. Porque lo que se puede tocar, se puede amar… y vender. Algunos incluso han visto en este fenómeno una alternativa a los mercados tradicionales. Si las criptomonedas pueden subir y bajar con un tuit, al menos un cartucho de Pokémon Edición Cristal siempre será un cartucho de Pokémon Edición Cristal.

Hay quien compra porque lo quiere todo, otros porque quieren revivir su infancia. Pero también están los que invierten. Con cabeza. Con Excel. Con lupa. Buscando rarezas, ediciones japonesas, errores de impresión. Y sí, claro, con blockchain de por medio para certificar originalidad y valor. Porque el futuro también se cuela en lo retro.

“Esto no es un juego. Es arqueología emocional”

“Un disco Blu-Ray es el vinilo de los cinéfilos”. Es una frase que oí en un foro de coleccionistas y se me quedó grabada. Porque tiene toda la verdad del mundo. Las películas físicas también viven su propia resurrección. Los que en su día despreciaban el DVD por aparatoso y limitado, ahora lo veneran por lo mismo: por tener límites. Por ser finito. Por no depender de si Netflix la borra mañana.

Y es que muchas joyas del cine han desaparecido de los catálogos digitales. Ediciones limitadas, extras, doblajes perdidos, escenas censuradas… Todo eso vive en los discos que guardan polvo en las estanterías, no en la nube. Allí no se borra nada porque no hay botones de “actualizar”.

Coleccionar películas hoy es casi un acto de resistencia. Una afirmación. Una forma de decir: yo decido lo que veo, cuándo lo veo y en qué idioma. Lo mismo que coleccionar videojuegos. Porque no se trata solo de jugar, sino de tener. De preservar. De saber que si mañana apagan los servidores, uno aún puede conectar la GameCube y seguir siendo dueño de su infancia.

Humanismo en 8 bits

Quien diga que esto es solo nostalgia, se equivoca. Lo que se está construyendo es una cultura alternativa de la permanencia. Frente al flujo continuo del “streaming sin fin”, esta gente apuesta por la pausa, la colección, el objeto amado. “El alma necesita estanterías”, decía mi abuelo, y creo que nunca fue tan cierto.

También hay un componente profundamente humano. Estos objetos unen a personas que no se conocen, pero comparten códigos invisibles: la intro de Metal Gear Solid, el sonido de un cartucho al entrar, el olor a manual nuevo. Porque sí, los manuales también olían. Y cada página era una promesa de aventura.

Mientras todo el mundo corre hacia adelante, hay quienes caminan hacia atrás con la misma pasión. Y lo hacen con estilo: camisetas de los 90, gafas de pasta, mochilas del Club Nintendo. No es ironía, es amor. Y el amor por lo retro no necesita explicación. Solo necesita espacio en la estantería.


“Quien guarda, encuentra. Y quien colecciona, revive”

“Un cartucho no envejece, solo acumula historias”

“No es un capricho. Es una forma de mirar el mundo”


“Un objeto no vale por lo que cuesta, sino por lo que recuerda” (Anónimo)

“Recuerda que los videojuegos no son una evasión, son un espejo” (Hideo Kojima)


El coleccionismo físico también tiene futuro

Por extraño que parezca, el futuro del entretenimiento no está solo en el streaming ni en los servidores en la nube. Está en la mano, en la caja, en la carátula que uno puede oler y tocar. El coleccionismo de videojuegos y películas físicas no es un escape al pasado, sino una defensa del presente. Una forma de darle peso al tiempo, forma al recuerdo y sentido a lo que poseemos.

¿Volverán las grandes compañías a apostar por formatos físicos? ¿O quedará todo en manos de nostálgicos y cazadores de rarezas? Tal vez lo más inquietante no sea el precio de un cartucho, sino la idea de que un día, sin darnos cuenta, todo aquello que fue tangible deje de existir.

Y tú, ¿qué prefieres? ¿Tocar tu infancia o dejar que se evapore en el scroll infinito?

¿Por qué el Nothing Headphone 1 es el icono retro futurista definitivo?

Nothing Headphone 1 el futuro transparente que desafía a la tecnología retro ¿Por qué el Nothing Headphone 1 es el icono retro futurista definitivo?

Estamos en pleno verano de 2025 y la palabra NOTHING HEADPHONE 1 empieza a resonar como el nuevo grito de guerra entre los amantes de la tecnología. La sensación es tan ineludible que, tras probarlos, no pude evitar preguntarme si había caído en una simulación retrofuturista donde el pasado y el futuro se abrazan en un mismo auricular. Porque esto no es solo un gadget: es un manifiesto sonoro, una provocación y un homenaje a la nostalgia tecnológica que muchos llevamos tatuada en el alma.

Vuelvo a encontrarme frente a ese diseño futurista que rompe cualquier patrón preestablecido. Los NOTHING HEADPHONE 1 se presentan en mis manos como una promesa de modernidad, con esa carcasa transparente que expone su corazón de silicio y sus venas de cobre. Sí, aquí no hay secretos: la robótica de consumo es ahora arte visible. Recuerdo ese viejo refrán inglés que dice “Lo que ves es lo que hay”, aunque en este caso, lo que hay es mucho más de lo que se ve. Porque lo transparente no solo muestra, sino que intriga y desafía.

La transparencia como declaración de intenciones

El diseño transparente de los Nothing Headphone 1 no es solo una extravagancia para llamar la atención. Es una respuesta directa a ese minimalismo anónimo que ha plagado la industria del audio en la última década. Aquí la apuesta es clara: si eres capaz de fabricar algo bello, déjalo al desnudo, que todos lo vean. De pronto me siento como un niño mirando el interior de una radio antigua o un televisor de tubo, fascinado por engranajes y circuitos. Nada de carcasas opacas. Nada de ocultar la ingeniería. Una oda a la honestidad, al arte de mostrar las tripas del progreso.

Las referencias culturales saltan solas: el Nothing Headphone 1 me remite a aquellas películas de los ochenta donde los gadgets futuristas prometían cambiar el mundo, pero también me recuerda a la era de los Discman y los walkman transparentes, cuando la tecnología todavía tenía algo de magia. Como dice el refrán: “Quien no enseña, no vende”. Y Nothing ha decidido vender mostrando.

 

Origen: Nothing lança seu 1º headphone; design futurista e preço razoável

Cuando la ingeniería visible se une a la experiencia sonora

La colaboración con KEF audio es, probablemente, lo que termina de elevar a estos auriculares a la categoría de objeto de deseo. Hablo de una marca con décadas de historia que, lejos de encerrarse en la nostalgia, ha traído sus tecnologías punteras al mundo del consumidor digital. Gracias a KEF, el sonido de los Nothing Headphone 1 es preciso, cálido y, sobre todo, humano. El driver dinámico de 40 mm, calibrado con mimo casi artesanal, es capaz de reproducir desde los susurros de un piano hasta el rugido de una guitarra eléctrica con una naturalidad envidiable.

La música suena como si estuvieras dentro del estudio. Y lo mejor: todo ese despliegue de tecnología británica llega sin el sobreprecio de los grandes nombres. Aquí el lujo no es ostentoso, sino honesto, casi punk. ¿Estamos ante una nueva era del “audio democrático”? Puede ser. O quizá solo es Nothing queriendo demostrar que la innovación en auriculares no tiene por qué venir siempre de las mismas manos.

“El futuro es transparente. Lo que importa no se esconde”

Autonomía de otro planeta

Ochenta horas. Repito: ochenta horas. Así, en mayúsculas, porque en un mundo donde casi todo se agota antes de tiempo, una batería de larga duración como esta es casi un acto de rebeldía. El NOTHING HEADPHONE 1 deja en ridículo a sus competidores más ilustres: donde otros ofrecen apenas un par de días, aquí hablamos de semanas enteras de música, podcasts o vídeos sin buscar enchufe.

¿Te vas de viaje? Olvídate del cargador. ¿Tienes una reunión que se alarga más de lo previsto? Tranquilo, cinco minutos de carga y vuelves a tener dos horas más de autonomía. Esto no es solo una característica, es una filosofía de vida. Porque el verdadero lujo, hoy, es la independencia.

Y aún así, surge la pregunta: ¿hasta dónde puede llegar la autonomía de los gadgets modernos antes de que nos olvidemos de que necesitan electricidad?

La inteligencia artificial entra en juego

Pero si hay algo que marca la diferencia en la experiencia del Nothing Headphone 1, es su audio personalizado gracias a la integración de IA. Aquí los algoritmos no son un simple añadido, sino el cerebro oculto tras la música que escuchas. Ajustan el sonido a tus preferencias, aprenden de tus costumbres, moldean la experiencia. ¿Un ecualizador de ocho bandas? Sí, claro, pero también un ingeniero invisible que calibra cada matiz según la anatomía única de tus oídos. Como si tuvieras a Brian Eno programando tus auriculares.

La IA, en este caso, no es una palabra vacía, sino una presencia tangible. El audio espacial personalizado utiliza incluso la cámara para perfilar un sonido que es solo tuyo, irrepetible. El futuro, por fin, se escucha tan bien como se ve.

La batalla de los audífonos! ¿Vintage, Retro o Futurista?

“Un auricular que aprende es un auricular que vive”

Retro tech, tendencias vintage y la nostalgia de la ciencia ficción

Vuelvo a pensar en ese niño fascinado por la ingeniería visible. La tendencia retro tech no es solo una moda pasajera, es la necesidad de reconectar con los objetos que cuentan historias. El Nothing Headphone 1, con sus formas rotundas y su aire de gadget ochentero que se escapó de Blade Runner, conecta lo mejor de la tradición con la osadía del presente.

Y no está solo. Marcas como Vieta, Sony o incluso Louis Vuitton han lanzado apuestas transparentes y retrofuturistas, aunque ninguna logra ese equilibrio tan fino entre pasado y futuro. Lo vintage está de vuelta, pero ahora es digital, inteligente, hasta sentimental. La nostalgia se hace tecnología y la tecnología se hace nostalgia. Y así, el círculo se cierra.

“La verdad espera. Solo la mentira tiene prisa.” (Proverbio tradicional)

Cancelación de ruido activa: el silencio como arte

Hablar de cancelación de ruido activa en 2025 parece casi un cliché. Pero aquí, la experiencia es casi mágica: los Nothing Headphone 1 son capaces de aislarte en medio del tráfico, el metro o la oficina abierta. Y, al mismo tiempo, dejar pasar justo lo necesario cuando necesitas volver al mundo real. La robótica de consumo no solo es visible, es también audible: los micrófonos integrados, la modulación del sonido ambiente y la adaptación constante hacen que el silencio sea, por fin, un lujo cotidiano.

Resistencia IP52: tecnología a prueba de ciudad

El reto de la vida urbana es sobrevivir a la lluvia, el polvo, el café derramado y los codazos del metro. Aquí la resistencia IP52 significa mucho más que una cifra: es una garantía de que los Nothing Headphone 1 soportan el día a día sin pestañear, pero también un guiño a la robustez de los gadgets vintage que sobrevivían a todo. Así, lo transparente no es frágil, sino fuerte. La modernidad y la naturaleza, bailando una extraña pero efectiva samba.

En comparación con los clásicos del pasado, la certificación IP52 es la diferencia entre llevar un objeto de museo en la cabeza o una herramienta para la batalla diaria. Porque sí, la ciudad es la nueva jungla y el auricular es la nueva armadura.

El precio de la provocación

299 euros. Lo repito en voz alta, porque duele y seduce a partes iguales. En un mercado donde los precios parecen haber perdido el sentido de la realidad, los Nothing Headphone 1 proponen un acuerdo honesto: tecnología de gama alta a precio razonable, sin los excesos ni los logos dorados de siempre. La batalla con los AirPods Max, los Sony XM5 y compañía se juega aquí, en la frontera del valor. Y hay quien diría que Nothing no compite, sino que desafía. Porque, como decían los viejos piratas, “el verdadero tesoro no es el oro, sino la libertad”.

“El pasado y el futuro se encuentran en cada nota”

Accesorios tecnológicos y la cultura del “gadget”

Sería injusto no mencionar la fiebre por los accesorios tecnológicos que ha despertado la llegada de los Nothing Headphone 1. Fundas, cables trenzados, soportes minimalistas: todo quiere subirse a la ola de la transparencia y el diseño retro futurista. Ya no es suficiente con escuchar bien: hay que verse bien mientras se escucha. Y, en ese terreno, Nothing ha vuelto a marcar tendencia.

Al final, no estamos solo ante un auricular: estamos ante una nueva cultura del objeto. Un manifiesto visual, sonoro y emocional que desafía a las grandes marcas y que, por cierto, empieza a ser imitado con descaro por las nuevas generaciones de diseñadores.

La competencia se rinde ante la transparencia

Marcas como JBL, Powerbeats Pro o incluso los míticos Bose han empezado a explorar caminos similares. El “diseño transparente” ya no es solo una extravagancia, es el nuevo estándar para quienes buscan destacar. La diferencia, claro, sigue siendo esa mezcla de valentía estética y honestidad funcional que Nothing ha elevado a su máxima expresión.

¿Y ahora qué?

Dicen que el verdadero arte es aquel que provoca preguntas. Y el Nothing Headphone 1, sin duda, lo consigue. ¿Estamos ante una moda efímera o ante el inicio de una nueva forma de entender la tecnología? ¿La transparencia será la norma, o pronto volveremos a esconder lo que nos hace únicos? ¿Hasta dónde puede llegar la integración de inteligencia artificial en el audio? ¿Qué pasará cuando el pasado deje de ser tendencia y el futuro sea solo rutina?

En el fondo, lo importante no es encontrar todas las respuestas, sino seguir haciéndose preguntas. Y, mientras tanto, dejarse llevar por el placer de escuchar, ver y sentir. Porque la verdadera innovación nunca está en el objeto, sino en la experiencia.


“El futuro se escucha, se ve y se siente”

NOTHING HEADPHONE 1 no es solo un auricular, es la prueba viviente de que lo retro, lo vintage y lo futurista pueden convivir en armonía. Un artefacto tan cercano como un recuerdo y tan avanzado como un sueño.

Y si algún día los encuentras en una cafetería de Londres, no los mires solo como un objeto: escúchalos. Puede que descubras que el futuro, esta vez, no tiene nada que esconder.


Para profundizar en las fuentes y análisis:

“El futuro transparente no se explica. Se escucha.”

¿El mercado laboral del futuro sepulta el currículum o exalta el valor humano?

¿El mercado laboral del futuro sepulta el currículum o exalta el valor humano? El valor humano renace cuando el currículum muere en la era retrofuturista

Estamos en julio de 2025, y la palabra mercado laboral baila entre lo retro y lo futurista con la agilidad de un bailarín que no quiere ser olvidado. Es un verano caluroso en la Alameda de Cervera, pero el calor verdadero no está en la calle, sino en el ambiente laboral: un fuego donde el papel del currículum arde sin compasión y el valor humano se eleva, fresco y desafiante, sobre las cenizas de todo lo que dábamos por sentado.

El mercado laboral ya no es lo que era, y lo digo con la voz grave del que ha visto demasiados cambios como para no tomarse esto con ironía. El currículum, esa cartulina gloriosa que alguna vez abrí con orgullo frente a jefes aburridos, hoy parece tan útil como una cinta de casete en una tienda de móviles. Lo sé porque lo he vivido en mis carnes: en el nuevo orden retrofuturista, tu título importa lo mismo que la marca de tu bolígrafo. Ahora lo que cuenta es el valor innegable, esa rara cualidad humana que no se imprime ni se plastifica.

Hay quien aún se empeña en preguntar si el mercado laboral ha muerto. “¿Se acabó el trabajo tal como lo conocemos?” preguntan, como quien teme que la fiesta haya terminado y se apagan las luces. La realidad es otra, y mucho más jugosa: no hay funeral para el mercado laboral, sino un nacimiento salvaje, un parto doloroso y gozoso a la vez, donde la única herencia válida es tu valor personal. Y el que no lo tenga, no es desempleado; simplemente, se ha vuelto invisible. Así de sencillo. Así de brutal.

Origen: The Job Market Just Died (And Nobody Told You)

El currículum, esa reliquia vintage que ya no impresiona a nadie

Hace tiempo, en uno de mis turnos como editor de la tribu digital By Johnny Zuri, me tocó lidiar con un escritor muy listo y, a la vez, ingenuo. Traía consigo un doctorado que parecía una medalla de guerra y, cómo no, insistía en lucirlo al pie de su reportaje. “Esto me da autoridad”, afirmaba con esa convicción de quien no ha visto la tormenta venir. Me limité a reír por dentro: “En el mundo que describes, amigo, tu doctorado vale menos que una entrada de cine sin fecha”.

Y aquí estamos, en un mercado que premia el valor real y castiga la ostentación vacía. Como bien resume un artículo que marcó mi semana, el mercado laboral no ha muerto, simplemente ha mutado a un estadio donde solo sobrevive el que brilla con luz propia, sin necesidad de credenciales polvorientas (fuente). El currículum es el nuevo VHS: lo tienes, pero nadie te lo pide.

“No eres desempleado, eres inempleable si no aportas valor.”

Retro y futuro, un baile de máscaras en el mercado laboral

Me fascina la imagen del retrofuturismo: ese universo estético donde los años 60 imaginaban un futuro de robots, autos voladores y felicidad manufacturada. Buckminster Fuller lo soñó, y, con una ingenuidad deliciosa, creyó que el trabajo manual desaparecería, liberando al humano para el arte y la invención. Vaya giro de guion. El futuro llegó, sí, pero con el sarcasmo propio de un guionista en paro: la tecnología liberó a muchos, pero no a todos. Ahora el mercado premia a quien inventa su propio trabajo y ridiculiza a los que solo traen títulos colgados al cuello.

Miremos el caso de Estados Unidos, ese país donde lo vintage siempre vuelve con fuerza, pero el mercado tech ha hecho limpieza general. Miles de ingenieros titulados han salido disparados como confeti de una piñata, y las empresas, lejos de buscar a los mejores currículums, rastrean a los que crean impacto real: los que suben proyectos en Github, lanzan prototipos, o inventan startups en la sobremesa. El resto, a la cola, esperando un milagro que no llegará.

Y no es cosa de una moda yanqui. En Europa y el Reino Unido el fenómeno resuena con fuerza: iniciativas de empleo que huelen a feria de los 80 pero transpiran innovación. Adiós al maletín y al traje gris; hola a los hackatones virtuales y las presentaciones en Twitch. El chaval que sabe programar mientras bebe refrescos se merienda al MBA de Harvard que solo presume de contactos.

“El currículum ha muerto. Viva el valor humano, crudo, incómodo y brillante.”

Cuando la innovación se viste de vintage

Hay una tendencia irresistible en las empresas punteras: fusionar el retrofuturismo con la tecnología más salvaje. Ahora no importa si tienes un título, sino si puedes mostrar tu “valorfolio”, esa colección de proyectos personales, experimentos fallidos y éxitos agridulces que demuestran lo que vales sin adornos ni firmas.

La inteligencia artificial ya revisa portafolios y hasta evalúa tu creatividad en tiempo real, descartando a los que solo saben hablar de sí mismos en tercera persona. Me acuerdo de esas ferias de empleo de antaño, donde lo más futurista era un bolígrafo con luz. Ahora, la escena es un videojuego de realidad virtual donde un avatar tuyo demuestra habilidades mientras otros solo pueden mirar.

¿Y el pasado? Es nuestra mejor fuente de aprendizaje. Steve Jobs, icono vintage y gurú del futuro, nunca preguntaba por títulos, sino por ideas frescas y capacidad de reinventar lo imposible. ¿Quién iba a pensar que un hippie de garaje dictaría las normas laborales del 2025? Así es la historia, una comedia irónica donde el futuro siempre parece una reedición mejorada del pasado.

“El valor humano no se imprime ni se plastifica. Se demuestra.”

Estrategias eternas para no quedarse fuera del juego

A veces me preguntan, entre café y charla, cómo sobrevivir en este mercado tan loco. Mi respuesta es simple, aunque muchos prefieran cerrar los oídos: olvida el currículum y construye tu propio relato, tu valorfolio. Busca proyectos donde lo retro y lo futurista se abracen: apps que homenajean el diseño vintage, IA que recupera saberes antiguos, colaboraciones inesperadas que valen más que cien diplomas.

Hay que abrazar lo innovador, pero sin perder la chispa nostálgica. Las empresas exploran el metaverso, buscan perfiles que demuestran en vivo lo que valen. ¿Avatares que hacen entrevistas? Por supuesto. ¿Portafolios que cuentan tu historia en tiempo real? Más vale que tengas uno.

Mira siempre al pasado para dar el salto al futuro. Como el gran Jobs, confía en la intuición. Aquellos que hoy triunfan no son los más listos en teoría, sino los que se atreven a equivocarse, a intentarlo de nuevo, a mezclar arte y tecnología sin pedir permiso.

“En este mercado laboral, el que no baila, no sale en la foto.”

h4 «Lo importante no es saber, sino demostrar lo que sabes hacer» (Refrán popular)

h5 “El futuro pertenece a quienes se atreven a reinventarse cada día.”

El currículum es el nuevo fax, el valor humano es el futuro retro que todos quieren

No, el mercado laboral no ha muerto. Solo se ha disfrazado con máscaras nuevas, y exige más humanidad, más originalidad, más valor real. Si crees que basta con imprimir tu vida en una hoja, mejor compra una máquina de escribir y escribe una novela: al menos así dejarás algo para la posteridad. Pero si quieres estar en el juego, toca reinventar el significado del éxito, mirar el pasado para saltar al futuro y, sobre todo, dejar que tu valor personal hable más alto que cualquier credencial.

He visto muchos quedarse sentados, esperando que alguien les devuelva el viejo guion de siempre. Pero el nuevo libreto exige valentía, creatividad, ironía, ganas de reírse incluso del fracaso. Eso, y nada más, es el verdadero valor humano que este mercado demanda.

Y aquí seguimos, en este verano de 2025, cuando el mercado laboral se parece más que nunca a una feria retrofuturista. Queda una pregunta, como un estribillo de jazz que nadie se atreve a terminar:
¿Te atreverás a dejar morir el currículum y bailar, de una vez por todas, al ritmo del valor humano?

Como y por qué la alimentación local desafía a los robots

¿El futuro nostálgico de la alimentación local es solo un espejismo retro? El futuro nostálgico de la alimentación local desafía a los robots

El futuro nostálgico de la alimentación local me golpea de lleno mientras contemplo el horizonte desde mi despacho en Palma. Hay algo magnético y casi inexplicable en esa confluencia de tradición y tecnología, una extraña alquimia que parece surgida de un sueño de infancia narrado por un escritor de ciencia ficción de los años cincuenta, pero con la elegancia y el descaro digital de nuestro siglo. Lo que ocurre en la Nueva Huerta Home de Rivas Vaciamadrid no es simplemente un guiño retro. Es una jugada maestra: la evidencia tangible de que el futuro puede oler a fruta fresca y, al mismo tiempo, a chips de silicio.

La fruta a domicilio Rivas Vaciamadrid se ha convertido en mucho más que una simple comodidad moderna; es el símbolo de una nueva forma de entender el sabor y la tradición en plena era digital. Hace tiempo, recibir fruta fresca en casa era un gesto reservado para unos pocos privilegiados o, con suerte, para quienes tenían un frutero de confianza en la esquina. Hoy, ese mismo gesto se ha transformado en una experiencia casi mágica: eliges desde tu móvil, pulsas un botón y, en cuestión de horas, una caja repleta de colores y aromas llega a tu puerta, como si el campo hubiera encontrado un atajo secreto para colarse en la ciudad.

¿El futuro nostálgico de la alimentación local es solo un espejismo retro? El futuro nostálgico de la alimentación local desafía a los robots
¿El futuro nostálgico de la alimentación local es solo un espejismo retro? El futuro nostálgico de la alimentación local desafía a los robots

Sin embargo, lo que esconde la fruta a domicilio Rivas Vaciamadrid es mucho más profundo que la tecnología de reparto o la frescura de sus productos. Es la promesa de reconectar con la tierra y la memoria, de recuperar los sabores de la infancia sin renunciar al vértigo del presente. En un mundo donde el tiempo parece escurrirse entre notificaciones y algoritmos, encontrar una naranja que huele a verdad y a verano es casi un acto de rebeldía. ¿Será posible que la innovación y la tradición puedan, por fin, sentarse a la misma mesa?

«No hay futuro sin memoria. No hay nostalgia sin deseo de avanzar.»

Confieso que cada vez que leo frases como “cercanía, confianza y calidad” en el sitio de La Nueva Huerta Home, me viene a la mente ese anhelo universal de regresar, aunque sea por un instante, a los sabores de la niñez. Ese instante en el que una simple mandarina podía ser el centro del universo. Pero, como en todo buen guion, el giro inesperado no tarda en llegar: la nostalgia ya no es suficiente. Hace tiempo, bastaba con recuperar el diseño de una lata vintage para hacernos sonreír, pero hoy, en medio del vértigo digital, esa sonrisa necesita datos, algoritmos y un drone que la entregue en casa.

Cuando el retro se convierte en futuro digital

No se trata solo de estética ni de una moda fugaz. La fiebre por el packaging retro en la industria alimentaria es una respuesta visceral a la era del usar y tirar, de lo rápido y lo desechable. La gente quiere autenticidad y la busca en cada esquina del supermercado, como si los envases antiguos fueran la llave para abrir el baúl de los recuerdos. “Sabores que te llevan a tu infancia”, dicen los anuncios, pero la verdadera magia está en que, tras ese envoltorio nostálgico, se esconde una maquinaria sofisticada que rastrea cada pieza de fruta, cada viaje, cada historia.

Pero aquí no acaba la travesura. Mientras el ojo se deleita con etiquetas inspiradas en abuelas y mercadillos de pueblo, la inteligencia artificial calcula, predice y ajusta hasta el más mínimo movimiento en las estanterías. En supermercados inteligentes, los robots no solo gestionan inventarios; interpretan tus gestos, anticipan tus preferencias y hasta te sugieren qué receta probar esta noche. “La nostalgia se programó para quedarse”, pensé al descubrir cómo blockchain puede narrar el viaje de un tomate desde el invernadero hasta el plato.

Robots con alma de artesano en Rivas Vaciamadrid

Rivas Vaciamadrid parece una novela en sí misma. Allí, entre laboratorios y centros de innovación, el espectáculo es silencioso pero imparable. Sediasa Alimentación ha apostado cuarenta millones de euros en un centro que funciona casi solo, con el discreto zumbido de los autómatas trabajando sin pausa. Alimentos Polar, por su parte, ha instalado su laboratorio de I+D como quien levanta una catedral del siglo XXI. Sin embargo, lo que realmente me fascina es cómo La Nueva Huerta Home se cuela entre gigantes, defendiendo el trato cercano pero sin renunciar a la digitalización más salvaje.

¿Y si el frutero del barrio supiera más de algoritmos que de cosechas? ¿Y si la última recomendación de manzanas no viniera de una señora con delantal, sino de una base de datos entrenada para conocer tus antojos mejor que tú mismo? La paradoja es deliciosa: lo más humano y lo más artificial se dan la mano en la caja registradora.

“Nada es más moderno que lo que nunca deja de ser clásico.”

(Mario Benedetti, a su manera, lo habría firmado con los ojos cerrados.)

Agricultura vertical y robots: la huerta se sube al ascensor

La agricultura está mutando en un espectáculo vertical. Los huertos ya no se extienden, se apilan. Los robots recolectan fresas con una precisión que haría llorar de emoción a cualquier agricultor veterano. La imagen de un invernadero Dyson de diez hectáreas, donde un ejército de máquinas cosecha 200.000 fresas al mes, no es distopía; es rutina. Pero aquí el truco está en la mirada: lejos de sustituir a la naturaleza, la tecnología la potencia. Cosechar fresas, tomates o lechugas en edificios donde el agua se ahorra como si fuera oro líquido y la tierra se convierte en un lujo de museo, es un acto de poesía contemporánea.

La población urbana crece como un rumor incontrolable y la única manera de alimentar a tanta gente sin destrozar lo poco que nos queda es confiar en estos nuevos demiurgos de acero y código. Pero, claro, uno se pregunta: ¿perderemos la esencia al automatizar el huerto? ¿Acabaremos sintiendo nostalgia… por la nostalgia?

El delivery del futuro: drones y robots con buen apetito

Las películas de los años cincuenta imaginaban coches voladores y mayordomos robóticos. Hoy, el futuro huele más bien a drones sobrevolando los tejados para entregar comida en plena bahía de Ibiza. Allí, Drone to Yacht reparte pedidos directamente en mitad del mar, mientras en Zaragoza Restalia prueba sus propias flotas aéreas. La logística de la última milla ha cambiado de piel y ahora se escribe con siglas y números de serie.

Robots terrestres, drones y sistemas de inteligencia artificial se organizan como una coreografía de ballet tecnológico para que el pedido llegue a tiempo y en perfecto estado. Las historias que antes contaba el panadero hoy las narra un algoritmo que sabe cuándo es el mejor momento para que te apetezca una napolitana recién hecha.

“El futuro no grita. El futuro llega entregando pan caliente a la puerta.”

“El buen pan no necesita pregonero; el buen futuro, tampoco.”

(Refrán de la abuela, versión siglo XXI)

El packaging vintage: mucho más que nostalgia

En este escenario donde la innovación marca el compás, el diseño retro del packaging brilla como un pequeño acto de rebeldía. No se trata solo de latas bonitas ni de envases ecológicos; es una declaración de intenciones. Una lata vintage en la estantería nos recuerda que, aunque el producto sea recolectado por un robot y entregado por un dron, hay una historia que sigue viva. La etiqueta, en su aparente sencillez, esconde décadas de memoria familiar y un guiño a todo lo que alguna vez creímos perder.

La personalización y la naturalidad en el diseño de los envases hacen que cada compra sea única. La verdadera jugada es que, mientras el consumidor busca autenticidad, el proceso de producción es cada vez más automatizado, más eficiente, más impersonal… y sin embargo, más cercano que nunca gracias a la inteligencia artificial.

Rivas Vaciamadrid: el laboratorio secreto del mañana

Basta recorrer Rivas Vaciamadrid para entender que el futuro ya no es una promesa; es una realidad palpable. Laboratorios de análisis de alimentos, centros de innovación de grandes empresas y pequeños comercios digitales conviven en un microcosmos de ciencia, mercado y barrio. El frutero de confianza comparte escenario con el ingeniero de datos, y el blockchain garantiza que cada pieza de fruta tenga una biografía más larga que la de algunos políticos.

En este ecosistema, la automatización no elimina la atención personalizada, sino que la refina. El trato humano, lejos de desaparecer, se convierte en el valor añadido que distingue una compra online de una experiencia verdaderamente memorable. Como se puede ver en esta entrevista, las empresas del sector saben que solo sobrevivirán quienes consigan mezclar lo mejor del pasado y del futuro.

Sabores circulares y memoria digital

Hay quienes creen que la nostalgia alimentaria y la innovación son polos opuestos. Yo sostengo lo contrario: son el mismo lado de una moneda que gira sobre el eje de la memoria. Las recetas de la abuela ahora se digitalizan, optimizadas por la inteligencia artificial, mientras la economía circular convierte residuos en nutrientes, y el blockchain garantiza que el tomate de la ensalada haya pasado todos los controles imaginables.

La agricultura regenerativa se convierte en el único camino viable en un mundo sediento y hambriento de naturalidad. Lo curioso es que, gracias a la tecnología, estos sueños de justicia alimentaria ya no suenan utópicos, sino sensatos.

«Quien siembra bytes, recoge futuro.»

El futuro está aquí, pero con aroma a naranjas

Me permito una última imagen: imaginen pedir naranjas de temporada a La Nueva Huerta Home y recibirlas, perfectamente empacadas en un envoltorio vintage, por un dron silencioso que aterriza en la terraza mientras el móvil te avisa del origen exacto de cada pieza. Es un futuro nostálgico, sí, pero también una síntesis perfecta entre lo que fuimos y lo que podemos llegar a ser. La tecnología no se enfrenta a nuestras raíces; las riega con mimo y las hace florecer.

En Rivas Vaciamadrid, en Palma, o en cualquier rincón donde tradición y digital se entrelazan, estamos escribiendo una nueva crónica. Una donde el sabor de la abuela sobrevive en los algoritmos, donde la huerta puede estar en un rascacielos, y donde el robot que te entrega la compra es tan discreto que, si uno no se fija, hasta parece parte del paisaje.

“La verdad espera. Solo la mentira tiene prisa.”

(Proverbio tradicional)

«El futuro nostálgico no es contradicción; es pura coherencia disfrazada de sorpresa.»

(Idea para meditar la próxima vez que pidas una caja de frutas online.)

Reflexión sin respuestas cerradas

Así avanza el futuro nostálgico de la alimentación local: entre susurros de recetas perdidas, robots que parecen saberlo todo y esa persistente sensación de que, por muy avanzada que sea la tecnología, siempre vamos a necesitar el sabor de lo auténtico.

¿Estamos realmente preparados para vivir en un mundo donde la abuela y el dron sean aliados? ¿Y si la auténtica modernidad fuera, al fin y al cabo, recuperar lo mejor de nuestro pasado con las herramientas del futuro?

Quién sabe. Lo único seguro es que el siguiente pedido, quizás, lo hará tu niño interior… y lo entregará un robot con alma de poeta.

La SLAVIA B de Škoda es más futurista que muchas motos actuales

¿Puede una moto del siglo XIX dictar el futuro eléctrico? La SLAVIA B de Škoda es más futurista que muchas motos actuales

La SLAVIA B de Škoda es la clase de idea que te hace levantar la ceja, sonreír con incredulidad y pensar: “¿Pero esto va en serio?” 🤯 Porque una cosa es restaurar una vieja motocicleta de museo, y otra muy distinta es resucitar un artilugio de 1899 y convertirlo en un manifiesto eléctrico con alma de café racer. Sí, han leído bien. Esta criatura, que nació cuando el mundo aún olía a carbón y cuero, ahora se presenta vestida de “Modern Solid”, ese lenguaje de diseño con nombre de whisky escocés que Škoda ha decidido abrazar para su nueva era eléctrica.

Origen: Skoda rescata una moto clásica y la convierte en un objeto de deseo futurista

La SLAVIA B no es una moto. Es una paradoja con ruedas.

A mí estas cosas me fascinan. No por la nostalgia, sino por la osadía. Porque se necesita una dosis importante de descaro —y bastante sentido del humor— para mirar una reliquia centenaria y decir: “Tú, vieja chatarra con alma de pionera… te vamos a convertir en la musa del futuro”. Eso es justo lo que ha hecho el diseñador francés Romain Bucaille, y lo ha hecho con tal elegancia que uno no sabe si aplaudir o llorar de emoción.

La bicicleta que quiso ser cometa

Hace tiempo, en la bohemia Mladá Boleslav, dos tipos llamados Václav (Laurin y Klement) montaron una fábrica de bicicletas con un nombre que ahora suena como marca de ginebra boutique: Slavia. Corría el año 1895, y lo más parecido a un Tesla era un tranvía tirado por caballos. Pero esos dos Václav no tenían paciencia para lo ordinario. En 1899, presentaron su Slavia B, una moto de 1,75 caballos, con motor monocilíndrico de 240 cc y toda la ambición de una bestia salvaje… que apenas llegaba a los 40 km/h.

Y ahora, 125 años después, esa misma criatura —o su fantasma reinterpretado— vuelve a la vida, pero sin pistones, ni humo, ni rugidos, solo con el zumbido eléctrico de un presente que ya parece sacado de una novela de ciencia ficción.

Cuando el silencio habla más que el motor

La nueva Slavia B no tiene motor donde uno esperaría encontrarlo. Lo que hay es… nada. O mejor dicho: espacio. Un vacío cuidadosamente diseñado para que flote el logotipo original de Laurin & Klement, como si fuera una aparición sobrenatural. Una ausencia que dice más que mil motores: el futuro ya no necesita hacer ruido para impresionar.

Ese hueco es elocuente. Es un guiño, un poema visual, una provocación para los petrolheads que aún creen que sin ruido no hay pasión. “¡Error, señores!”, parece gritar desde su silencio elegante. La emoción está intacta. Solo ha cambiado de frecuencia.

“El motor ha muerto, larga vida al símbolo”

El sistema eléctrico —porque sí, es una moto de verdad— está escondido con la misma discreción de un mayordomo inglés. Nadie sabe aún cuánto corre, ni cuánta autonomía tiene, ni si se conecta con una app. Pero da igual. No es una moto hecha para ser vendida. Es una declaración.

Entre la nostalgia y el vértigo del diseño

Cuando Bucaille habla de su creación, lo hace con la ternura de un niño que ha desmontado un reloj antiguo y ha logrado devolverle el tic-tac. Dice que se inspiró en las raíces de la marca, que quería rendir homenaje a sus pasiones personales —los coches y las motos— y que el resultado es una especie de “café racer futurista con alma vintage”. Y lo es. Pero también es algo más.

Porque esta Slavia B no replica simplemente lo viejo. Lo destila, lo reinterpretada, lo eleva. El asiento parece flotar como una nube sobre la estructura; la bolsa de herramientas en cuero integrada en el chasis no es un adorno, sino una metáfora. Y ese diseño en V que divide la parte delantera de la trasera es tan limpio, tan afilado, que casi dan ganas de tocarlo para ver si corta.

“Modern Solid” o el arte de mirar atrás sin girar la cabeza

El lenguaje de diseño de Škoda tiene un nombre que podría confundirse con el eslogan de un gimnasio: “Modern Solid”. Robustez, funcionalidad, autenticidad, dicen. Y aunque suene a catálogo de muebles escandinavos, en la Slavia B esa filosofía se transforma en arte.

Todo está ahí, sí, pero despojado del barroquismo digital que tanto abunda hoy. Nada de pantallas de 20 pulgadas, ni mandos táctiles. Solo diseño puro. Forma al servicio del alma, no del algoritmo.

Es curioso, ¿no? En un mundo obsesionado con “lo nuevo”, de pronto una moto que rinde homenaje a 1899 parece más vanguardista que los scooters eléctricos que se creen naves espaciales.

El retrofuturismo no es moda, es brújula

Este concepto se llama retrofuturismo, pero no se confundan. No es nostalgia para hipsters. Es una manera muy seria de pensar el futuro sin amputar el pasado. Como quien arregla una casa antigua sin borrar sus grietas, sino integrándolas en la nueva decoración. No es mirar atrás, es no olvidar hacia dónde veníamos.

Y sí, la SLAVIA B reimaginada encaja en esa corriente como un guante de cuero curtido. Porque no se limita a disfrazar de moderna una reliquia. Le da una nueva vida sin perder su alma.

“Lo vintage es memoria; lo retrofuturista es promesa”

Una pieza de museo que quiere correr

No sorprende que coleccionistas estén ya afilando sus chequeras. La Slavia B no es un juguete de escaparate. Es un trofeo cultural. Pero lo mejor es que no intenta gustar a todo el mundo. No es democrática. No es accesible. Es una rareza, una herejía elegante, una provocación para quienes aún creen que el diseño solo sirve para vender cosas.

Y sin embargo, vende ideas, recuerdos, futuros posibles. Como esa hábil inclusión del háček —la diacrítica sobre la “Š” de Škoda— en la estructura misma del chasis. Un detalle tan invisible como decisivo. Porque un alfabeto también se puede conducir.

¿Qué será lo próximo en Škoda?

El proyecto “Icons Get A Makeover” no se detiene aquí. Cada reinterpretación de un clásico —como se muestra en esta serie— es un experimento de diseño emocional. No son vehículos. Son cápsulas del tiempo lanzadas hacia el porvenir. Y si la SLAVIA B es su carta de presentación, no quiero ni imaginar qué vendrá después.

Tal vez un coche de 1930 convertido en un dron urbano. O un tractor antiguo rediseñado como vehículo lunar. Porque cuando se mezcla historia con ingenio, el resultado no tiene límites.

¿Es esto el futuro de la moto eléctrica?

Muchos se preguntan si este tipo de conceptos pueden marcar el camino. Si realmente influirán en cómo serán las motos del mañana. Y yo diría que sí, pero con matices. La SLAVIA B no dicta tendencias, las inspira. Es un faro, no una autopista. Y en un sector donde muchas motos eléctricas aún parecen tostadoras con ruedas, tener una visión con alma es, francamente, refrescante.

“La verdad espera. Solo la mentira tiene prisa.” (Proverbio tradicional)

Quizás ahí esté la clave: en tomarse el tiempo para hacer las cosas bien. Para diseñar no solo vehículos, sino también memorias. Para recordar que la belleza no es opcional cuando se trata del alma humana sobre dos ruedas.

¿Puede la nostalgia salvar el futuro?

Y ahora, la pregunta inevitable: ¿esto es solo un juego de diseño o una profecía? ¿Veremos más máquinas como esta surcando las calles? ¿O seguirá siendo una joya única, guardada en vitrinas digitales y artículos como este?

Tal vez la respuesta no importe tanto como el eco que deja esta creación. Un eco que no suena a rugido, sino a un susurro elegante: el futuro también tiene raíces. ¿Quién se atreve a regarlas?

¿Por qué VRACER HOVERBIKE es el Wipeout VR que siempre soñamos?

¿Por qué VRACER HOVERBIKE es el Wipeout VR que siempre soñamos?

La carrera futurista que hace temblar a Meta Quest 3

VRACER HOVERBIKE es el tipo de experiencia que te cambia el eje de gravedad… y no es solo una metáfora. Desde que lo probé por primera vez, me persigue esa imagen de estar flotando a toda velocidad sobre una ciudad neón, con la adrenalina perforando el visor del Meta Quest 3 y el pecho convertido en timón. 🏍️

La palabra antigravedad parece un chiste de marketing hasta que el cuerpo lo siente. Porque eso es lo que logra este juego: hacerte olvidar que hay un mundo físico a tu alrededor. En sus treinta circuitos, lo único real es la velocidad. Y lo que más me sorprendió —más incluso que los loops imposibles y los paisajes espaciales— fue esa especie de comunión perfecta entre cuerpo y máquina: el control por inclinación. Un gesto sutil del torso y la hoverbike responde como si leyera tus pensamientos. ¿Brujería? No. Tecnología bien usada.

«La velocidad se siente. El cuerpo la comanda. El futuro ya llegó.»

Lo curioso es que no arranca como otros juegos de carreras VR, llenos de tutoriales, menús laberínticos o guías robóticas. Aquí, apenas entras, estás dentro. Te lanzan directo a un mundo donde los controles no se aprenden: se intuyen. ¿Por qué? Porque no estás usando botones. Estás usando tu cuerpo. Y eso, créeme, lo cambia todo.

El VR racing se reinventó con el pecho

Uno de los secretos mejor guardados —y mejor ejecutados— de VRACER HOVERBIKE es su control por inclinación del pecho. A diferencia de otros títulos donde dependes de sticks analógicos o de joysticks que generan un extraño desajuste entre vista y movimiento, aquí todo se reduce a cómo se mueve tu torso. Es tan natural como esquivar una rama en bicicleta. Y, lo más importante, reduce los mareos que tantos juegos VR han dejado como herencia.

Los datos respaldan la intuición: según esta fuente oficial, los sistemas de control corporal han logrado reducir en un 85% los síntomas de cinetosis, haciendo que más jugadores puedan permanecer horas sin sentirse como recién salidos de una montaña rusa mal calibrada.

Wipeout, Redout, Omega Pilot… todos intentaron tocar esa fibra de la carrera extrema en VR. Pero ninguno lo logró con la fluidez y el confort de VRacer. El salto no es solo de calidad, es de concepto. Aquí no juegas; aquí pilotas.

«Esto no es realidad virtual. Es adrenalina virtual.»

Meta Quest 3 como trampolín hacia otros mundos

Probé el juego en un Meta Quest 3 recién calibrado, y si alguna vez dudaste de que un casco autónomo pudiera mover entornos complejos a 90 FPS sin despeinarse, este es el momento de cambiar de opinión. No hay cuellos de botella ni errores de renderizado que arruinen la inmersión. Cada textura brilla. Cada sombra vibra. El entorno no decora: respira.

¿Lo mejor? No hay cables. No hay torres de PC rugiendo como locomotoras. Solo tú, el visor, y un par de controles que casi no usas porque el torso se vuelve el volante. Una sinfonía cinética. Una herejía contra todo lo que habíamos asumido como “natural” en los videojuegos.

Y no exagero cuando digo que, tras media hora de carrera, al quitarme el visor, la realidad se sentía lenta, como si el mundo necesitara un turbo que nunca le pusieron.

¿Qué hace tan especial una carrera futurista VR?

Para empezar, los modos de juego. VRACER no es un one-trick pony. Su variedad abruma: modo clásico, misiles, supervivencia, contrarreloj, “Neon Runner” infinito, desafíos semanales y multijugador. Puedes pasar de una carrera en un corredor de plasma a una batalla de cohetes con otros jugadores en menos de cinco minutos.

Ese “Neon Runner” es una joya. Circuitos generados proceduralmente, como una rave con gravedad cero. Y no es solo estético: cada carrera es distinta, irrepetible. El futuro no es predecible, y VRACER lo sabe.

Además, la integración de desafíos semanales conecta a la comunidad global de pilotos virtuales. En VR Master League o en canales como TracksVR Discord, el pulso competitivo nunca se detiene. Es un ecosistema que no duerme, con torneos, rankings y miles de dólares en premios.

Cuando el juego se convierte en arquitectura en movimiento

Hay algo poético en los circuitos de VRACER HOVERBIKE. Desde urbes neón que parecerían sacadas de “Blade Runner” hasta colonias lunares que harían sonreír a Kubrick, los escenarios no solo están diseñados: están vivos.

Los loops, giros en espiral, saltos ingrávidos… no son obstáculos, son relatos. Son la manera en la que el juego te cuenta, sin palabras, lo que significa correr sin las ataduras de la física. Y si te detienes un segundo (aunque nadie lo hace), notarás que cada arquitectura es un sueño retrofuturista convertido en carril. Como si Asimov se hubiera licenciado en diseño de circuitos.

«No son pistas. Son manifiestos visuales del porvenir.»

¿Es VRACER HOVERBIKE el nuevo estándar del racing VR?

Pocas veces una experiencia VR logra ese equilibrio entre nostalgia y novedad. Aquí están los ecos de Wipeout y Jet Moto, claro. Pero también está la sensación de que hemos llegado a algo nuevo. Un lenguaje diferente. Una forma de jugar —no, de vivir— que solo la VR puede ofrecer.

Gracias a tecnologías punteras como el renderizado estéreo, el seguimiento de micromovimientos y una física que responde en tiempo real a cada gesto, VRACER no necesita competir con el pasado. Simplemente lo supera.

Y sí, lo dije al principio, pero lo repito ahora con más convicción: este juego no va a envejecer. Está diseñado para actualizarse, para expandirse, para retarse a sí mismo. Las competiciones seguirán creciendo, los modos seguirán multiplicándose, y los jugadores seguirán buscando esa curva perfecta, ese salto imposible, esa victoria que sabe a ciencia ficción.

Una última curva antes del abismo

¿Es esto el futuro del gaming? No. Es el presente bien hecho. Es lo que pasa cuando alguien decide dejar de copiar y empieza a imaginar. Cuando se arriesga con un control nuevo, con una estética sin miedo a lo retro ni vergüenza de lo hipertecnológico. Cuando se apuesta por la comodidad del jugador sin sacrificar una pizca de intensidad.

Quizás dentro de unos años, cuando la VR sea algo tan común como el móvil en el bolsillo, miraremos atrás y pensaremos: todo cambió cuando llegó VRACER HOVERBIKE.

La pregunta es: ¿te vas a quedar mirando cómo pasan las motos voladoras o vas a inclinar el pecho y lanzarte al vacío?


“Lo que bien se inclina, bien se pilota.” (Sabiduría popular del futuro)

“El piloto no corre. El piloto flota.” (VR Proverbio)

El futuro del racing VR es antigravedad y control por el cuerpo

VRACER HOVERBIKE convierte cada jugador en piloto real con Meta Quest 3

Si quieres saber más o empezar tu carrera ahora mismo, puedes hacerlo en la experiencia oficial de VRacer Hoverbike.

El turismo wellness es ahora ciencia ficción con aroma a lavanda

¿Puede el TURISMO WELLNESS curar lo que la tecnología enfermó? El turismo wellness es ahora ciencia ficción con aroma a lavanda

El turismo wellness ya no se parece en nada a la imagen bucólica que muchos conservan de un retiro en la montaña, sin cobertura ni wifi, rodeado de piedras calientes y cánticos tibetanos. Eso quedó atrás. O mejor dicho, eso mutó. Ahora, la misma tecnología que nos acorrala en pantallas infinitas, nos promete liberarnos. Y lo hace con cuencos tibetanos digitales, meditaciones guiadas por realidad virtual y spas que parecen más bien naves espaciales diseñadas por Tesla que templos de introspección.

Hace unos días, mientras recorría las entrañas digitales del turismo del futuro, me topé con un escenario que parecía salido de Blade Runner pero con aroma a lavanda. Un cruce imposible entre ciencia ficción y santuario zen. Lo confieso: el turismo wellness me explotó en la cara como una bomba de aceites esenciales y datos biométricos.

«Meditar con gafas de realidad virtual no es una contradicción, es una declaración de época»

Porque mientras unos aún discuten si es mejor el tren o el avión, una metamorfosis silenciosa y exquisitamente tecnológica está reconfigurando nuestros viajes interiores. Lo ancestral no ha muerto: se ha digitalizado.

Origen: Propuestas De Turismo Personal Orientadas Al Bienestar Y La Introspección – VIAJEROS ONLINE

La alquimia futurista del nuevo bienestar

Podría parecer un oxímoron. Y lo es, pero de esos deliciosos. La tecnología, ese veneno que nos desconectó del cuerpo y del presente, se ha convertido en el antídoto más sofisticado. Como si hubiéramos decidido usar el virus para fabricar la cura. Una suerte de alquimia contemporánea donde lo artificial se vuelve natural.

Empresas españolas como ITECON Wellness & Spa Design ya lo entendieron. Y están convirtiendo las aguas termales en circuitos geotérmicos que parecen salidos de un sueño japonés con lógica suiza. ¿El resultado? Una experiencia sensorial futurista que no contamina ni el alma ni el entorno.

Propuestas de turismo personal orientadas al bienestar y la introspección

Y luego está Senstories, con su obsesión hermosa por personalizar lo intangible. No solo te ofrecen un retiro: te diseñan una experiencia según tu ADN emocional. No me lo invento. Lo analizan, lo interpretan y lo convierten en una coreografía de bienestar única.

«Lo que antes era incienso, ahora es algoritmo»

Cuando España se volvió un laboratorio emocional

España no solo aparece como el octavo destino mundial de turismo wellness, sino como un inesperado laboratorio emocional. Aquí se cocina una fórmula que combina sabiduría mediterránea con tecnología de punta. Alicante concentra más del 60% de los spas en la Comunidad Valenciana, pero el verdadero hervor ocurre en lugares menos obvios.

WellBeds, la primera agencia especializada solo en turismo wellness, está reformulando el viaje como terapia. Ya no se trata de escaparse a un lugar con piscina climatizada. Se diseña el retiro como si fuera una cirugía del alma. Precisión, propósito y una pizca de mística digital.

Cuando la ciencia ficción se vuelve rutina

Cada nuevo avance parece sacado de un capítulo de Black Mirror, pero sin el trauma existencial. Spas que usan sensores biométricos para monitorear tu nivel de estrés en tiempo real. Masajes que ajustan la presión según cómo responde tu piel al contacto. Y startups como 1MillionBot automatizando la atención con inteligencia artificial que entiende mejor tus emociones que tu ex terapeuta.

Incluso la blockchain —esa criatura incomprensible de la economía digital— se está metiendo en las camillas de masaje. Como explican aquí, la cadena de bloques sirve ahora para certificar que los tratamientos son auténticos. ¿Suena absurdo? Puede. Pero tiene sentido: es un pasaporte inalterable de tu camino hacia la serenidad.

Desconectarse para reconectarse, la paradoja más millennial

Pagamos por huir del wifi, viajamos para no viajar y buscamos silencio con aplicaciones que nos hablan al oído. Bienvenidos a la paradoja del siglo XXI: los retiros de desintoxicación digital son el nuevo lujo. Según este artículo, se han multiplicado en países como España, Colombia o Portugal. Y sí, también en Islandia, porque el silencio allí es un recurso natural.

«La mente necesita silencio, aunque tenga que alquilarlo»

Sensores, algoritmos y masajes de precisión

Ya no es ciencia ficción. Es presente. Existen spas donde una inteligencia artificial decide la presión exacta que necesitas en un masaje según el latido de tu corazón. ¿Poético? No. Científico. Como detalla este informe, empresas como Hinge Health han reducido hasta un 95% la intervención humana en fisioterapia mediante IA. Aplicado al turismo wellness, esto transforma al terapeuta humano en un director de orquesta emocional asistido por un robot de precisión quirúrgica.

Y España no se queda atrás. Con gigantes como T-Systems, Acciona y Meliá invirtiendo en destinos turísticos inteligentes, todo apunta a que seremos una potencia emocional con wifi de alta velocidad.

Entre el alma y el silicio

¿Nos estamos volviendo máquinas? ¿O simplemente estamos haciendo que las máquinas aprendan a ser humanas? Los datos lo dicen todo: el 31,6% de los usuarios de realidad virtual ya la usan con fines terapéuticos. Meditan, visualizan, respiran. Y sí, a veces lo hacen rodeados de gráficos en 3D que emulan selvas tropicales.

¿No es esto una contradicción? Quizás. Pero también es una belleza distorsionada. Como meditar en un metaverso de bambú digital mientras la IA ajusta el viento virtual para que sientas que respiras naturaleza.

España como vanguardia sensorial

Desde Valencia hasta Madrid, desde los Pirineos hasta la costa mediterránea, una nueva forma de entender el bienestar se está cocinando con ingredientes antiguos y tecnología puntera. Un retrofuturismo sensorial que convierte al turista en protagonista de su propia narrativa emocional.

Los cuencos tibetanos ya no son objetos: son señales, estímulos, activadores. Y los sensores biométricos ya no son ciencia extraña: son guías invisibles que nos devuelven al cuerpo.

“El bienestar no es huida, es reencuentro”

«El bienestar no será una evasión, sino un reencuentro asistido por inteligencia artificial»

La industria lo sabe. El mercado mundial del turismo wellness puede alcanzar los 1,6 billones en 2030, y España factura más de 83.000 millones solo en bienestar. No es solo un mercado. Es una necesidad existencial transformada en experiencia premium.

¿Y si el futuro no es distópico?

¿Y si el futuro que temíamos no era tan frío ni desalmado como pensamos? ¿Y si el bienestar del mañana no es una renuncia a la tecnología, sino su máxima expresión humana?

Quizá el secreto está ahí: usar lo digital para volver a tocar lo invisible. Meditar con gafas, sanar con datos, viajar sin moverse. Una paradoja que suena absurda… hasta que la pruebas y te das cuenta de que funciona. Que respiras mejor. Que duermes mejor. Que por fin te escuchas.

Y si para llegar a ese estado de gracia necesitas un metaverso que emule la selva o un spa que te lea el alma con sensores, que así sea. Porque, al final del día, la búsqueda más antigua del ser humano sigue siendo la misma: vivir en paz dentro del propio cuerpo.

¿Y si el futuro, en lugar de robarnos el alma, solo estaba esperando que aprendiéramos a usarlo con amor?

La F300 de PIERRE PAULIN vuelve del pasado para desafiar al futuro

¿Puede una silla ser más futurista que una nave espacial? La F300 de PIERRE PAULIN vuelve del pasado para desafiar al futuro

La F300 de Pierre Paulin no es solo una silla: es una provocación espacial, una flor mutante del confort que, tras décadas de latencia, ha vuelto a abrir sus pétalos como si el tiempo no hubiera pasado 🌱.

Sí, la F300 está de regreso. Y no es un regreso cualquiera, sino uno de esos que reescriben la historia del diseño y del deseo. Porque en un mundo donde lo vintage se confunde con lo verdaderamente eterno, pocas piezas tienen el arrojo de mirar al futuro sin disimulo, sin complejos, sin pedir permiso. Y menos aún desde el centro de una sala de estar. Pero la F300 lo hace. Lo ha hecho siempre. Con descaro. Con gracia. Con una ironía esférica que podría rivalizar con el diseño de una nave de Star Trek —literalmente, ya que fue protagonista de fondo en más de una escena intergaláctica.

Mi diseño favorito es el que está por venir”, decía Paulin, como si supiera que algún día, alguien, en algún lugar, actualizaría sus líneas con materiales reciclables sin perder una gota de esa elegancia marciana que lo hizo célebre.

Origen: GUBI Brings Back Pierre Paulin’s Futuristic F300 Lounge Chair

El lujo de sentarse en una idea que flota

El renacer de esta criatura curvilínea corre a cargo de GUBI, la firma danesa que se ha empeñado en revivir no solo objetos, sino también emociones. Después del éxito con la reedición del mítico sofá Pacha, era cuestión de tiempo que le metieran mano —con el respeto de un artesano y el criterio de un futurista— a otra joya: la F300 Lounge Chair.

GUBI no la ha transformado. La ha resucitado con la sutileza de quien sabe que el pasado no necesita correcciones, solo contexto. El resultado es casi alquímico: una base de HiREK reciclable, fabricada con residuos postconsumo, que conserva la fuerza estructural del poliuretano original pero sin las culpas ambientales. ¿Y lo mejor? Mantiene ese brillo fantasmal que parece sacado de una distopía amable.

“Es casi imposible no relajarse al sentarse en una F300”, dice Benjamin Paulin, hijo del maestro. Lo dice sin exagerar. La forma no es caprichosa: responde a una comprensión profunda de cómo se comporta el cuerpo humano cuando deja de fingir.

“No es una escultura. Es una postura.”

“No se sienta en ella. Se rinde.”
“Una flor no pide permiso para abrirse. La F300 tampoco.”

La silla no es alta ni recta ni humilde. Es baja, ancha, orgánica. Se abre en cuatro partes que recuerdan a los pétalos de una orquídea biónica. Cada uno termina en una curva que fluye con una gravedad suave hasta el suelo, como si no le afectaran del todo las leyes físicas. Sentarse en ella no es solo un gesto: es una elección estética. Como ponerse unas gafas oscuras en interiores. Como comer con las manos en un restaurante caro.

La tapicería, disponible en tonos naturales —sí, esos que no gritan pero no se olvidan—, se une en el centro como si tejiera un secreto que nadie ha conseguido descifrar del todo. No hace falta. Basta con tocarla, con verla, con hundirse ligeramente para entender que el diseño de verdad no se explica, se habita.

De los años setenta al año que quieras

La F300 nació en la segunda mitad del siglo XX, esa época en la que los muebles parecían querer despegar del suelo y las ideas eran tan lisas como el plástico recién inyectado. Paulin, que había empezado como ceramista y tallador de piedra, se rindió a las curvas suaves y las formas imposibles. Influido por el diseño escandinavo y el arte japonés, entendió antes que nadie que lo funcional también podía ser divertido. O mejor dicho: sensual.

En colaboración con Artifort, Paulin se convirtió en sinónimo de innovación sin aspavientos. Su obra no solo llenó catálogos: llenó museos. La F300 es residente permanente del MoMA. Pero su gloria no es estática. Se mueve con los tiempos. Ahora, con el sello de GUBI, respira otra vez.

Y no lo hace sola.

El regreso del T877, el cómplice perfecto

Junto con la F300, GUBI ha decidido revivir otro diseño olvidado de Paulin: la mesa auxiliar T877, esa pequeña escultura funcional que, lejos de intentar robar protagonismo, se comporta como un satélite estilizado. Hereda las mismas curvas, el mismo material reciclado, el mismo ADN juguetón. Está disponible en tonos como Violet Ice, Honey Gold y Molé, que suenan más a paleta de helados que a diseño danés. Y eso también es parte de su encanto.

Ambos objetos —silla y mesa— forman un dueto casi cómico, casi poético. Una pareja retrofuturista que encajaría igual en un apartamento brutalista de Berlín como en una casa de campo japonesa.

El confort no tiene época. Tiene carácter.

Quien dice que todo está inventado no ha probado a sentarse en una F300. No ha sentido cómo su cuerpo se entrega a una geometría pensada no para exhibirse, sino para proteger. No ha experimentado esa sensación de estar dentro de algo más que un asiento: dentro de un concepto.

Lo que hace GUBI con esta reedición no es solo una maniobra de archivo. Es una afirmación silenciosa pero firme de que el lujo no necesita adornos. Solo coherencia. Solo materiales honestos. Solo diseño que no pida disculpas.

Como se detalla en este reportaje de Design Milk, la F300 ha vuelto no porque estuviera de moda, sino porque nunca dejó de serlo.

“No hay modernidad sin memoria.” (Octavio Paz)

“Las curvas son más fuertes que las líneas rectas.” (Le Corbusier)

La F300 no es una silla. Es un manifiesto silencioso.

Paulin no diseñaba para hoy. Diseñaba para siempre. Por eso sus piezas no envejecen: se transforman. Y por eso GUBI acierta no solo al rescatarlas, sino al tratarlas con la reverencia de quien sabe que está trabajando con fósiles vivos del diseño.

Ya no importa si el futuro es digital, analógico o algo intermedio. Si seguimos creando objetos que no olvidan la emoción, la belleza, el cuerpo, entonces el futuro sigue siendo humano.

Entonces, ¿te sentarías en una idea? ¿Te atreverías a habitar una pieza que desafía el tiempo con cada curva? ¿O seguirás confiando en sillas que no tienen nada que decir?

¿Puede STASIS devolvernos el miedo con sabor a neón y óxido?

¿Puede STASIS devolvernos el miedo con sabor a neón y óxido?

El horror retro-futurista no ha muerto solo estaba en hibernación

Hace tiempo descubrí un juego llamado STASIS y me atrapó como una promesa peligrosa envuelta en neón y desesperación. Sí, STASIS, con mayúsculas y voz grave, como si se tratara de un conjuro olvidado en los archivos de una nave abandonada orbitando Neptuno. Y quizá lo era. Lo sigue siendo. Porque no hablamos solo de un videojuego. Hablamos de una experiencia retro-futurista que se mete debajo de la piel, una aventura isométrica que resuena como un eco lejano de lo que podría haber sido nuestro futuro… si hubiéramos soñado más sucio.

Origen: 10 years after the release on PC, the retro-futuristic horror Stasis will be released on Xbox

La belleza de lo oxidado

La estética retro-futurista en los videojuegos de terror no es solo una decisión artística. Es una declaración de intenciones. Una forma de recordar que el futuro no siempre será limpio, brillante ni eficiente. A veces será húmedo, oscuro y lleno de pantallas verdes parpadeando advertencias inútiles. STASIS bebe de esa fuente con avidez: sus pasillos oxidados, sus pantallas CRT cubiertas de polvo digital, sus quirófanos vacíos con charcos de quién sabe qué, son escenarios sacados del rincón más sombrío de nuestra imaginación.

No es casual que tantos juegos se acerquen a esta estética con una mezcla de amor y horror. Porque lo retro-futurista es, en esencia, la forma que teníamos de imaginar el mañana cuando el presente aún no sabía lo que era un smartphone. Es una mirada a un futuro ya caduco. Una ironía. Y en el caso de STASIS, un recordatorio de que la tecnología no nos salvará de nosotros mismos.

«El futuro era una promesa, pero acabó siendo una pesadilla pixelada.»

Click, click… ¿y ahora qué?

Hay algo deliciosamente cruel en los juegos point-and-click cuando se usan para contar historias de terror. Te obligan a participar, a examinar cada rincón, a tocarlo todo con el puntero como si fuera una varita de adivinación. En STASIS, cada clic te acerca a una nueva verdad insoportable, a una carta olvidada, a una grabación perturbadora. El ritmo pausado del género no alivia la tensión; la intensifica. Porque aquí, el horror no corre detrás de ti. Te espera en silencio. Sentado. Observándote.

Y sí, el género vive una especie de renacimiento —o deberíamos decir resurrección, en honor al tono—. Juegos como Thimbleweed Park, Return to Monkey Island o Grim Fandango Remastered demostraron que lo vintage no significa obsoleto, sino esencial. STASIS se suma con fuerza a esa línea, como un descendiente bastardo que heredó los traumas familiares pero decidió contar su historia en tono menor y con la voz rota.

«Cada clic en STASIS es como abrir una puerta sin saber si quieres cruzarla.»

El espacio, esa inmensidad demasiado íntima

¿Por qué sigue funcionando el truco de las naves abandonadas? ¿Por qué, cada vez que escuchamos palabras como “criogenia”, “protocolo de emergencia” o “zona de cuarentena”, una parte de nuestro cerebro se tensa como si recordara algo que nunca vivió?

La respuesta es sencilla y brutal: el espacio da miedo. Porque es infinito, sí, pero sobre todo porque es indiferente. STASIS se sitúa en una nave cerca de Neptuno, pero bien podría estar en tu cuarto, si cierras la puerta, apagas las luces y dejas que el silencio se haga dueño. Esa nave es una tumba tecnológica, un sarcófago flotante lleno de secretos y cadáveres administrativos.

Y aún así… algo nos empuja a explorar. A abrir puertas, a activar consolas, a descender más profundo. Porque lo abandonado no está vacío. Está lleno de recuerdos. Y en los videojuegos de ciencia ficción oscura, eso es sinónimo de horror.

Mark Morgan y el murmullo de lo que no se dice

La música en un juego de terror puede ser un cuchillo o una caricia. En el caso de Mark Morgan, suele ser ambas cosas al mismo tiempo. Su trabajo en Fallout y Wasteland 2 lo convirtió en un artesano del sonido distópico. En STASIS, compone no una banda sonora, sino un clima. Una niebla sonora que se filtra por los auriculares y anida en el estómago.

Hay algo en esos sintetizadores desgastados, en esas notas que se estiran como una sombra al atardecer, que te recuerda constantemente que no estás solo… aunque no haya nadie más. El horror en STASIS no necesita gritos. Tiene música. Y eso basta.

“La verdad espera. Solo la mentira tiene prisa.” (Proverbio tradicional)

¿Y si el futuro te permitiera oler el miedo?

Lo fascinante de juegos como STASIS es imaginar cómo podrían evolucionar con las nuevas tecnologías. La realidad virtual podría transformarlo en una experiencia tan inmersiva que sería difícil de jugar sin respirar hondo. El ray tracing haría que cada reflejo en los charcos de sangre pixelada sea una amenaza. ¿Y qué decir del audio 3D? Escuchar un susurro detrás de ti cuando no debería haber nadie… ¿te atreverías a girarte?

Incluso la inteligencia artificial podría dotar de vida a los personajes secundarios o mejorar la narrativa dinámica, permitiendo múltiples caminos, múltiples terrores. Y el mando háptico… ¿te imaginas sentir el temblor del suelo cuando algo —lo que sea— se arrastra por la ventilación?

Tecnología sí, pero solo si respeta lo más importante: el ritmo narrativo, la estética retro-futurista y la sensación constante de que algo está profundamente mal.

El retorno de STASIS y la permanencia del miedo

El anuncio del relanzamiento de STASIS en consolas como Xbox Series X|S, PlayStation 5 y Switch es mucho más que una noticia para nostálgicos. Es una declaración: este juego no solo merece volver, necesita volver. Porque su historia es atemporal, porque su estética sigue siendo actual en su decadencia, y porque el terror —el de verdad— no tiene fecha de caducidad.

Que cueste solo $9.99 es casi un insulto… o un regalo envenenado. Porque quien lo compre creyendo que está ante un juego sencillo, se va a llevar una buena sorpresa. STASIS no es fácil de jugar, no por su dificultad, sino por su crudeza emocional. Por su forma de enfrentarte al vacío, no solo del espacio, sino del alma humana.

Y si no te lo crees, espera a encontrar la sala con los tanques. Sí, esa. Ya sabrás cuál es cuando llegues.

«El horror no está en lo que ves, sino en lo que sospechas mientras clicas.»

¿Sueñas con consolas o con cadáveres en flotación?

Ahora que el género horror retro-futurista está viendo una nueva edad dorada gracias a títulos como Feedemic, y que la estética de las aventuras espaciales ha vuelto al mainstream con propuestas que mezclan lo narrativo con lo sensorial, cabe preguntarse: ¿qué nos atrae realmente?

¿Es la nostalgia de los videojuegos vintage? ¿La crudeza de los juegos estilo Fallout? ¿O simplemente nos gusta recordar que somos frágiles, incluso envueltos en metal y datos?

Puede que STASIS no responda esas preguntas, pero sin duda te va a obligar a hacerlas.


¿Estás preparado para volver a la nave? ¿O preferirías seguir dormido, como John, esperando que el horror no te despierte primero? Porque una cosa está clara: en el futuro, el miedo huele a ozono, suena a Mark Morgan y se ve como una pantalla CRT parpadeando entre sombras.

Bohemian Future de MALNE arrasa en el mercado de la moda futurista

Bohemian Future de MALNE arrasa en el mercado de la moda futurista

La colección que fusiona boho chic, lujo sostenible y glamour vintage

Bohemian Future, la última propuesta de MALNE, no es solo una colección de moda, sino una declaración de principios. En la reciente Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, la firma ha demostrado que el boho chic puede reinventarse en clave futurista sin perder su esencia artesanal y sofisticada. ¿Cómo se transforma el lujo sostenible en un mercado obsesionado con la inmediatez?

En un mundo donde la moda se mueve a velocidad de vértigo, MALNE apuesta por la exclusividad, la atención al detalle y la atemporalidad, con tejidos como tweed, cashmere, gasa de seda y micro paillettes, que no solo evocan el glamour vintage, sino que también nos invitan a imaginar la moda del futuro.

fotos de: MALNE y el boho chic de los años 70 en MBFWMadrid

MALNE y el mercado del lujo: cuando lo artesanal se encuentra con lo futurista

Lo que define a Bohemian Future no es solo su exquisitez estética, sino su capacidad para fusionar pasado y futuro en una misma prenda. En un mercado dominado por la sobreproducción y el consumo rápido, la firma reivindica el lujo sostenible, con prendas confeccionadas en su atelier de Madrid y ediciones limitadas que garantizan una calidad sin concesiones.

Fashionopolis: El precio de la moda rápida y el futuro de la ropa: 6 (Moda y memoria) Tapa blanda – 15 enero 2020de Dana Thomas (Autor), Carlos Aguilera
Fashionopolis: El precio de la moda rápida y el futuro de la ropa: 6 (Moda y memoria) Tapa blanda – 15 enero 2020 de Dana Thomas (Autor), Carlos Aguilera

Pero también hay un giro inesperado: ¿cómo puede el estilo boho chic, asociado a la libertad y la naturalidad, convivir con la visión futurista de la moda? MALNE responde con chaquetas fitted reinventadas, vestidos de chiffon voluminosos, túnicas vaporosas y capas estructuradas, que combinan lo etéreo con lo arquitectónico.

¿Es la nueva moda íntima el alma del futuro de los ESCORT?

Los colores también hablan: verde esmeralda, rojo rubí y negro dominan la colección, evocando un glamour atemporal que trasciende las tendencias pasajeras.

«El lujo ya no es solo exclusividad, sino conciencia»

El mercado de la moda de alta gama está cambiando. La nueva generación de consumidores no solo busca diseño y calidad, sino también historia y responsabilidad. En este contexto, MALNE se posiciona en la vanguardia de la moda sostenible, apostando por una producción que respeta tanto a los artesanos como al entorno.

La colaboración con Joyas Antiguas Sardinero, que aporta accesorios de inspiración vintage a la colección, refuerza aún más este diálogo entre épocas. ¿Es posible que la moda del futuro se alimente de la nostalgia? MALNE parece decir que sí, siempre y cuando el pasado se reinterprete con una mirada innovadora.

Bohemian Future y la reinvención del boho chic en la moda del futuro

El boho chic ha recorrido un largo camino desde su origen hippie hasta convertirse en sinónimo de lujo relajado y sofisticado. Sin embargo, en la era digital, este estilo no puede sobrevivir solo con referencias a los años 70. Necesita evolucionar, adaptarse y fusionarse con las nuevas tendencias retro-futuristas.

MALNE lo logra incorporando materiales innovadores, técnicas artesanales y cortes contemporáneos, en una propuesta que equilibra lo natural y lo estructurado, lo clásico y lo vanguardista.

El resultado es una colección que podría ser llevada tanto por una diva de Hollywood de los años 50 como por una influencer de 2025.

Las redes sociales y el impacto en el mercado de la moda

La moda ya no se define solo en las pasarelas, sino también en las redes sociales. La participación de Jimena Madera, una de las TikTokers más influyentes del momento, demuestra que la conexión entre marcas y audiencias jóvenes es clave para el futuro del sector.

Un solo video viral puede hacer que un vestido se agote en cuestión de horas. Un solo comentario en Instagram puede marcar la diferencia entre el éxito y el olvido. ¿Está la moda en manos de los creadores de contenido? Puede ser, pero solo aquellas marcas con una identidad sólida sobrevivirán a la volatilidad del algoritmo.

MALNE, con su enfoque de moda artesanal y exclusiva, no busca likes efímeros, sino construir un legado.

Bohemian Future: el equilibrio perfecto entre nostalgia y vanguardia

Con esta colección, MALNE demuestra que el lujo sostenible y la moda del futuro no son conceptos opuestos, sino complementarios. En un mercado saturado de tendencias fugaces, la firma apuesta por prendas que trascienden el tiempo, fusionando lo mejor del pasado con la visión del mañana.

La pregunta es inevitable: ¿será este el nuevo rumbo de la moda de lujo? Si el futuro es como lo imagina MALNE, entonces estamos a punto de vivir una era donde la belleza no caduca, el diseño respira y la moda recupera su esencia más pura.

MALNE

 

Aviones sin ventanas y realidad aumentada ya están en el mercado

¿Volaremos pronto en aviones sin ventanas? Aviones sin ventanas y realidad aumentada ya están en el mercado

Los aviones sin ventanas han llegado para quedarse. Y no es ciencia ficción ni una broma del futuro escrita por Isaac Asimov en una tarde de aburrimiento. Es tecnología pura. Futurismo de precisión. Y, sobre todo, una provocación para el diseño clásico de la aeronáutica.

Cuando escuché por primera vez sobre el Phantom 3500 de Otto Aviation, lo confieso: pensé que era una ocurrencia de esas que aparecen cada cinco años en alguna feria de innovación tecnológica, que suena espectacular, se presenta con una maqueta estilizada, y luego desaparece como tantas promesas de ciencia pop. Pero no. Esta vez es distinto. Porque el concepto no solo es viable, sino que toca fibras profundas: la del diseño eficiente, la del confort personalizado y, cómo no, la del espectáculo visual.

Origen: No es ciencia ficción: el futuro de volar son los aviones sin ventanas pero con esta innovadora tecnología

“Un avión sin ventanas suena absurdo… hasta que lo pruebas”

A primera vista, decir que un avión sin ventanas es más cómodo parece tan disparatado como vender gafas oscuras para mirar fuegos artificiales. Pero tiene lógica. Pura física de fluidos, de hecho. Las ventanas, por románticas que sean, son una pesadilla para la aerodinámica. Interrumpen el flujo laminar del aire, generan turbulencias, añaden peso y exigen refuerzos estructurales.

Otto Aviation lo sabe, y por eso el Phantom 3500 está diseñado como un cigarro volador, liso, sin aberturas, optimizado hasta el delirio. Según estimaciones, este enfoque podría reducir el consumo de combustible hasta un 50%. Casi nada.

Y claro, sin ventanas… ¿cómo vemos el cielo? Fácil: lo vemos mejor. Cámaras exteriores, pantallas OLED, realidad aumentada y entornos digitales envolventes nos permiten observar el mundo como nunca antes. Es como si cada asiento fuera una butaca de cine con vista panorámica al planeta. ¿Quieres ver el Himalaya con una explicación interactiva en tiempo real? Lo tienes. ¿Prefieres un cielo nocturno de constelaciones ficticias mientras cruzas el Atlántico? También.

“Adiós a la ventanilla. Hola al espectáculo inmersivo”

La idea no es nueva, pero ahora está en la frontera de lo posible. El Maverick Project de Rosen Aviation ya lleva años desarrollando cabinas con ventanas virtuales, pantallas que cubren el fuselaje interno y muestran contenido personalizado: información turística, vistas aéreas, mapas interactivos. Un turista que sobrevuela Roma podría recibir datos sobre el Coliseo, escuchar un poema de Catulo o ver recreaciones del Foro Romano en realidad aumentada. ¿Un poco exagerado? Puede ser. Pero también irresistible.

Airbus, por su parte, investiga integrar pantallas flexibles en techos y paredes. Todavía no se atreven a eliminar por completo las ventanas, pero el camino está trazado. La era del cristal ovalado y la persiana corrediza está tocando su fin.

Otto Phantom 3500: ¿ficción o plan real?

Vamos con los datos. El Phantom 3500 no ha volado. Aún. Pero no es humo. Está en fase de diseño avanzado, con el respaldo tecnológico del Celera 500L, una aeronave anterior que sí ha volado y que comparte principios de diseño como el flujo laminar total y la estructura monocasco sin interrupciones. Otto Aviation no está improvisando: su hoja de ruta apunta a la certificación FAA bajo Parte 23, un proceso riguroso que podría culminar alrededor de 2030, si todo va bien.

Mientras tanto, el diseño se pule con modelado digital, simulaciones complejas y ensayos estructurales. El interior —y esto es lo más seductor— es un lienzo en blanco. Un jet privado sin ventanas puede ofrecer desde una cabina Zen con paredes simulando un bosque japonés, hasta una sala de juntas flotante con vistas a tiempo real de la ciudad que sobrevuelas. En pocas palabras: el espacio deja de ser un tubo con alas y se convierte en una experiencia.

“El lujo del futuro no tendrá ventanas. Tendrá visión total”

La eliminación de ventanas no solo es una decisión técnica. Es estética. Es ideológica. Es una declaración de principios: renunciar a la nostalgia para abrazar la eficiencia y la imaginación. Y los resultados hablan: fuselajes más resistentes, menos peso, menor arrastre, más velocidad, menos consumo y menos emisiones.

Según varios estudios, este tipo de aeronaves podrían reducir el CO₂ hasta en un 90% respecto a jets ejecutivos convencionales, sobre todo si se combinan con combustibles sostenibles (SAF) o propulsión híbrida. Pero también hay implicaciones operativas: menos consumo significa más autonomía, posibilidad de operar desde pistas más cortas y acceso a rutas que hoy son inviables para jets convencionales.

“El ojo no echa de menos la ventanilla si tiene una galaxia en la pantalla”

Pero claro, el futuro no llega sin preguntas. ¿Qué pasa si las pantallas fallan? ¿Y si un pasajero tiene claustrofobia o simplemente prefiere la vieja y querida ventanilla? ¿Estamos dispuestos a cambiar lo tangible por lo virtual?

La industria parece decir que sí. Porque más allá de Otto Aviation, hay una corriente imparable que se abre paso: la de los aviones personalizados, digitales y sensoriales. Y la realidad aumentada no es un adorno: es una herramienta poderosa para el entretenimiento, la navegación y hasta la educación en vuelo.

Desde mostrar información turística, geográfica e histórica de lo que se sobrevuela, hasta crear espacios inclusivos donde cada pasajero recibe información en su idioma, con ajustes adaptados a sus necesidades. El futuro de volar no es solo moverse por el aire: es vivir un espectáculo aéreo a medida.

El mercado lo sabe… y se prepara

Otto Aviation no está sola. Las cabinas sin ventanas están en la mente de otros grandes actores. Rosen Aviation ya tiene prototipos funcionales. Airbus lo estudia. Y empresas como Joby Aviation, Archer Aviation, Lilium, Vertical Aerospace y Beta Technologies están rediseñando la experiencia de vuelo con propuestas eléctricas, silenciosas, verticales y personalizables.

Y hay más. En China, EHang ya comercializa un taxi aéreo autónomo por apenas 300,000 dólares. Y el Eviation Alice, un avión eléctrico con ventanas, sí, pero que podría convertirse en la alternativa “eco” para vuelos regionales, ya está volando y vendiéndose. Todo esto forma parte del ecosistema retrofuturista donde los aviones sin ventanas son solo una pieza más.

El romanticismo del cristal ha muerto. Viva la eficiencia futurista

Los números no mienten. La aerodinámica mejora. El diseño se libera. Las emisiones bajan. La experiencia se potencia. El mercado responde. Entonces… ¿cuál es el freno? Solo uno: el tiempo. Y la certificación.

Porque sí, aún estamos en fase de pruebas. Y el Phantom 3500 no estará disponible hasta bien entrada la próxima década. Pero no se trata de si llegará, sino de cuándo. Mientras tanto, lo inteligente es seguir la evolución de estos proyectos, ver cómo avanzan las pruebas y prestar atención a lo que diga la FAA.

“El futuro se ve mejor cuando no hay nada que interrumpa la vista”

¿Y tú? ¿Te atreverías a volar sin ver por una ventanilla?

¿Cambiarías el encanto de una nube real por una tormenta ficticia renderizada en 8K? ¿Preferirías un atardecer en pantalla con datos interactivos o seguirías pegando la cara al cristal empañado? ¿Confías más en una cámara que en tus propios ojos?

Puede que el romanticismo de mirar por la ventanilla nunca desaparezca del todo. Pero también es posible que estemos frente a una nueva forma de soñar con los cielos: una donde los paisajes no estén limitados por el marco ovalado de una ventanita, sino por la imaginación de cada pasajero.

Porque al final, el verdadero lujo del futuro no será ver el mundo a través de una rendija, sino recrear el mundo entero dentro del avión.


“La verdad espera. Solo la mentira tiene prisa.” (Proverbio tradicional)

“El que no sabe volar, que no estorbe al que construye alas.” (Frase anónima encontrada en una cabina de pruebas)


Los aviones sin ventanas son más que una moda. Son una evolución inevitable.
La realidad aumentada ha llegado para reemplazar la ventanilla de toda la vida.
Otto Aviation apuesta por un fuselaje sin interrupciones para ganar eficiencia.
Rosen Aviation y Airbus ya están desarrollando cabinas digitales y envolventes.
Volar ya no es solo desplazarse. Es una experiencia inmersiva a medida.


¿Será este el fin del cristal ovalado? ¿Aceptaremos que el cielo se vea mejor en pantalla? ¿O aún queda espacio para la nostalgia en este cielo de pixeles y diseño laminar? ✈️💭

La campaña de ESTRELLA DAMM que convierte la rutina en poesía mediterránea

¿Por qué seguimos haciendo lo mismo cada verano con una ESTRELLA DAMM en la mano. La campaña de ESTRELLA DAMM que convierte la rutina en poesía mediterránea

Hay algo mágico en repetir lo que amamos con la misma gente, en el mismo lugar, bajo la misma luz. 🌅 Con ESTRELLA DAMM en la mesa, cada verano sabe a eternidad, y la rutina se transforma en un ritual que no se oxida con el paso del tiempo.

Origen: Estrella Damm y su mediterránea campaña «Lo mismo de siempre»

La nueva campaña de la marca no solo lo sabe: lo celebra. Y lo hace con la obstinación del que ha entendido que lo mejor de la vida no está en las novedades constantes, sino en la repetición sabrosa de lo que ya funciona. Porque sí, amigos, “lo mismo de siempre” no es monotonía cuando el corazón lo elige con alegría.

Volver siempre al Mediterráneo no cansa, emociona

No sé si alguna vez has probado a hacer exactamente lo mismo durante varios veranos seguidos. Ir al mismo sitio, dormir en la misma habitación con sábanas que huelen a infancia, reencontrarte con los mismos amigos y recorrer el mismo camino hasta la playa. Si lo has hecho, lo sabes: la nostalgia no es un accidente, es un plan secreto de la felicidad.

Eso es exactamente lo que propone Estrella Damm en su nueva campaña veraniega. En lugar de venderte una escapada al otro extremo del mundo, te recuerda que lo mejor que puedes hacer es no moverte demasiado. Quedarte donde eres feliz. Repetir lo que ya funciona. Apostar por lo que no falla.

Cinco amigos. Una casa de verano. Una playa de siempre. Las mismas risas. Las mismas canciones. Las mismas puestas de sol. Pero también nuevas emociones, secretos que solo se revelan después de años de confianza, y momentos que solo florecen si se les da tiempo.

“La rutina puede ser una fiesta si tú la conviertes en un ritual”

El Mediterráneo como patria emocional

Estrella Damm ha convertido el Mediterráneo en algo más que un lugar: es una forma de estar en el mundo. Y lo ha hecho durante años a través de sus campañas estivales, auténticos cortometrajes que nos envuelven con luz dorada, cuerpos salados, mesas repletas y una cerveza fría en la mano.

Este año no es diferente, pero sí más profundo. Porque el concepto de “Lo mismo de siempre” no es un guiño a la pereza, sino un homenaje a la elección consciente de lo que nos hace bien. Lo cotidiano se convierte en extraordinario cuando se comparte con quienes de verdad importan.

En este nuevo anuncio, dirigido por Nicolás Méndez —el genio detrás del videoclip Malamente de Rosalía—, hay una estética cuidada hasta el último reflejo. Cada plano es una postal. Cada sonrisa tiene polvo de recuerdo. No es un spot: es una película que dura lo justo para recordarte por qué repites cada año ese mismo viaje al sur, con los mismos de siempre.

Un elenco que mezcla promesas, joyas y recuerdos

No es casual que Estrella Damm haya elegido a un grupo de jóvenes actores con rostros reconocibles pero aún frescos. Pol Hermoso, Quim Àvila, Blanca Parés, Ariadna Llobet… todos tienen ese algo entre lo desconocido y lo entrañable. Como esos amigos del pueblo que no ves en todo el año pero que te abrazan como si no hubiera pasado un solo día.

Pero el golpe maestro ha sido recuperar a Quim Gutiérrez, quien ya nos enamoró hace años en “Vale” junto a Dakota Johnson. Su regreso no solo es un regalo para los nostálgicos, sino un eco emocional que nos recuerda que esta historia, como el verano, se repite porque lo merece.

Y por si fuera poco, la banda sonora es una versión mediterránea y melancólica de “Another Sunny Day” de Belle and Sebastian. Rita Payés y Josep Montero —de Oques Grasses— le dan un aire íntimo, salado y dulzón. Un tema que se desliza como aceite sobre pan tostado.

“Lo mismo de siempre” es un acto de resistencia emocional

En un mundo que nos bombardea con la idea de que hay que cambiar, renovarse, salir de la zona de confort, Estrella Damm nos lanza una verdad incómoda pero dulce: a veces lo mejor que puedes hacer es quedarte donde estás. No por miedo, sino por amor.

Amor a los tuyos. Amor a la tradición. Amor a los lugares que te han visto crecer, llorar, reír y brindar. Amor a las costumbres que te sostienen cuando todo lo demás se tambalea. Porque cuando uno vuelve siempre al mismo sitio, lo que cambia no es el lugar: eres tú.

“No hace falta buscar la felicidad lejos si ya sabe tu dirección de memoria”

La cerveza que no quiere inventarse, solo recordarte

Estrella Damm no ha cambiado. Y eso es, precisamente, lo que la hace tan especial. En un mercado donde todo el mundo quiere reinventarse, rebrandearse, rehacerse, esta marca catalana se reafirma en su esencia. Mediterráneamente. Con todo lo que eso implica.

Su anuncio es una oda sin palabras a la comida compartida, a los brindis sin motivo, a los baños nocturnos y a la ropa colgada al sol. A las sobremesas eternas. A los amores que no piden explicaciones. A las canciones que te sabes sin saber cómo. A ese sabor que no decepciona, porque nunca intenta ser otra cosa.

Y sí, todo eso suena romántico. Porque lo es. Porque repetir lo mismo cada verano es también una forma de resistir a la prisa, al ruido, al sinsentido.

“La verdad espera. Solo la mentira tiene prisa.”

(Proverbio tradicional)

¿Y si lo mismo de siempre es lo que más necesitamos?

Quizás lo que necesitamos no es hacer cosas nuevas, sino volver a lo que de verdad importa. Y hacerlo bien. Sin distraernos. Sin disfrazarlo. Sin buscarle más lógica que la emoción.

Estrella Damm lo ha entendido mejor que nadie. Por eso su nueva campaña no es solo publicidad: es una declaración de principios. Un recordatorio. Una invitación a volver. A ser. A estar.

A vivir, sencillamente, lo mismo de siempre.

¿Y tú? ¿Vas a cambiar de plan este verano… o vas a volver a elegir lo de siempre con más ganas que nunca?

1 3 4 5 6 7 52